Kahfila

Kahfila no dejó su escoba. Junto a su ojos de sorpresa y una amplia sonrisa que nunca vi desaparecer, la trajo en sus manos hasta el umbral donde nos detuvo... Todo esto casi hipotético, porque no había ni portón, ni piso de material, como tampoco rejas ni muros... la paz y tranquilidad del lugar se expresaba en todos los sentidos.

Llegamos a Riung, una pequeña y humilde aldea de pescadores, en plena siesta. Hacía mucho calor y el viaje se había hecho sentir entre los pequeños y sinuosos caminos desde Barjawa, pero la promesa motivadora a la tropa era: aguanten, llegamos a la posada “café del Mar” y nos vamos directo a la playa... Pero el mar estaba solo en el cartel y a varios kilómetros del lugar. Resolvimos un tardío almuerzo y en cuanto bajó un poco el sol, pregunté quién se sumaba a una caminata. “¿A dónde?” preguntaron, “a la heladería” respondí de puro optimista y las risas quebraron el desgano y salimos. Avanzamos por los callecitas, donde cada tanto aparecía una casita en medio del verde y selvático entorno. Avanzábamos generando cierto alboroto a medida que se corría la voz que, en esa gran mochila negra, había chupetines y globos.

Así llegamos sin querer hasta el frente de la casa de Kahfila, estudiante universitaria que había vuelto a su hogar en vacaciones, ávida de practicar su básico inglés y de conocer sobre las “otras vidas” que existen en el mundo. Nos invitó a entrar, nos presentó a su mamá, su papá y una interminable lista de familiares que se iban acercando a la casa a “ver” quienes éramos. Se ofreció acompañarnos, se cubrió la cabeza con su atuendo musulmán y así pasamos el resto de la tarde, inmersos en una charla llena de preguntas.

Ya casi al caer el sol, parados en el extremo del muelle, nos señalo un pequeño bote a motor que se alejaba a lo lejos rumbo al horizonte. “Es papá que sale a pescar”, nos dijo, y al unísono saludamos todos junto con las manos... qué alegría ver sacudir la suya al reconocernos. Quería que fuéramos a almorzar a su casa al otro día, “si papá tiene suerte, habrá pescado” mencionó, pero nosotros estaríamos fuera todo el día entre las islas, y para salvar su cara de decepción le propuse que iríamos a merendar con agua de coco en cuando volviéramos.

Su cara se iluminó cuando esa tarde, ya con oscuros nubarrones amenazando, aparecimos en el umbral cargando una bolsa con galletitas para la merienda... “Pensé que ya no vendrían”, confesó casi con vergüenza. Sí, se había hecho tarde y había sido un día intenso, estábamos cansados, pero si hay algo que no hubiéramos hecho nunca, es incumplir nuestra palabra. Los truenos precedieron solo por un par de minutos a la lluvia, pero ya estábamos todos sentados bajo el techo de paja, compartiendo agua del coco que bajó su hermano trepando la palmera frente a nuestros ojos, en el patio de la casa de la inolvidable Kahfila.


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