Picnic en el oasis

Como si fuera un milagro, el agua brota de la nada y el verde le regala contraste al ocre y la diversidad de marrones a dorados de las rocas, la arena y el polvo. La vida se congrega en torno al pequeño espejo de agua enmarcado de palmeras que parecen esbeltos guardianes. Sin distinción de especie es un lugar sagrado para todos.
La camioneta venía especialmente cargada esa mañana, pero no preguntamos, Said tenía sus sorpresas y valga el juego de palabras, para que sea sorpresa tiene que sorprender. Nos instalamos entre las palmeras, bajo el tibio sol del invierno y empezó el despliegue: una alfombra, una mesita, un mantel y una pequeña fogata. Te, maníes, pollo, olivas, hogazas de pan y mandarinas fueron el menú que condimentamos con Juegos, trepadas, exploración y algo de descanso a la vera del oasis, allá muy lejos de todo donde la paz y el silencio era solo interrumpido por las expresiones de alegría de una pequeña tribu extranjera almorzando entre las palmeras.


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